Salamanca

Universidad de Salamanca. He llegado hace un par de horas. Tengo una ponencia en un congreso de Filosofía. El primero al que asisto en esta facultad. Y en esta ciudad. Filosofía ayer y hoy. Creo que así se llama. No me importa demasiado. El título. Al final siempre hablo de lo mismo. Con lo que me siento cómoda. Lo que me gusta. Lo que he estudiado desde que empecé la carrera. Y cuando la terminé también. Hubo otras cuestiones. Después de la carrera. Filosofía de la Ciencia. Metafísica. Epistemología. Fenomenología. Pero siempre terminaba en la filosofía de la sospecha. Marx. Nietzsche. Freud. No importan los títulos. Ni las corrientes. Ni las disciplinas, supongo. Demasiadas etiquetas. Y todo es lo mismo. O forma parte de lo mismo. Todo está en todo, decía Anaxágoras. Y ahora sí me lo creo. Hace ya tiempo que lo creo. Cuando era mi tercer año en Filosofía y empecé a colaborar en el Departamento de Estética. No me interesaba especialmente la Estética. O la Filosofía del arte, como me gusta más llamarla. Para evitar incómodos equívocos con el término. No son exactamente lo mismo. La Estética filosófica y la Filosofía del arte. Hay distinciones. Y matices. Pero los sacrifico en favor de la belleza del concepto de Filosofía del arte. Y su sonido en castellano. Filosofía del arte. Y en alemán. Philosophie der Kunst. Y en francés. Philosophie de l’art. Pero eso lo aprendí después. Cuando empecé a estudiar Filosofía del arte. Y empecé a llamarla Filosofía del arte. Al principio no me interesaba. Cuando entré en el departamento. Escogí ese departamento porque me lo recomendó un profesor. Mi profesor de filosofía en el instituto. Ahora estaba también en la facultad. Y unos años después solo estaba ya en la facultad. En el departamento de Estética. Y me dijo que solicitara el puesto de alumna interna allí. Le dije que no me gustaba la Estética. Que prefería la Filosofía Crítica. Y la Antropología. Y la Teoría del Conocimiento. Y la Filosofía Política. Y me dijo que eso no importaba. La rama. La disciplina filosófica. Da igual. Todo es Filosofía. Y todo está en todo. Anaxágoras otra vez. También me dijo que me centrara solo en una disciplina. Y que ella me conduciría a todas las demás. Me pareció absurdo. Todas eran muy diferentes. O eso creía. Aunque todas formasen parte de la Filosofía. Con mayúsculas. Pero le hice caso. Y entré en el Departamento de Estética. Porque él estaba allí. Y a su jefe de Departamento le gustaban los alumnos aplicados. Y entregados a la investigación. Y facilitaba las publicaciones de los trabajos. Y tenía buenos contactos. Y yo quería quedarme en la facultad. Y hacer todas esas cosas. Investigación. Y escribir. Y publicar. Y tener buenos contactos. Entonces empecé a leer sobre Filosofía del arte. Y a estudiarla. Y a sus autores. Y a sus corrientes. Y acabé en la filosofía de la sospecha igual. Y en los que la continuaron. Y en Adorno y su concepto de arte como conmoción. Y en Benjamin. Y en El arte en la era de la reproductibilidad técnica. Y en el surrealismo de Breton. Y en su arte del compromiso. Y en Lo espiritual en el arte. Kandisnsky. Y en el arte de lo poético como casa del Ser. Heidegger. El segundo. Y en la mística del arte. Wittgenstein. También el segundo. Y en las viejas (y actuales) tesis marxistas sobre el arte como superestructura.

Entro en el Paraninfo. El congreso va a empezar. Saludo a algunos colegas. He coincidido con ellos en otras ocasiones.  A veces cuando aún era alumna. Y venía a estos congresos cuando me invitaba el Departamento. Así conocí a Celia Amorós. Y a Elvira Burgos. Y a Elena Nájera. En un congreso sobre Antropología de género. Y el feminismo también me llevó a la filosofía de la sospecha. Y al cuestionamiento del mundo que hemos construido. Y a Emma Golman y al feminismo anarquista. Y a Silvia Federici y a sus análisis sobre patriarcado y capitalismo. Y a Vandana Shiva y a su ecofeminismo. Y entonces comprendí que mi profesor de Filosofía del instituto tenía razón. Y que todas las disciplinas conducían a la propia Filosofía. O que desde una sola disciplina se podía abarcar también a todas las demás. O puede que se tratase de esa vieja sentencia que aprendí en Filosofía de la Ciencia. Toda observación-investigación está cargada de teoría-ideología. Y que tanto ha importunado al pensamiento inductivo. Y a Husserl. Y a toda la fenomenología. Y a su epogé. La ideología. Lo que somos. Lo que siempre nos acompaña. Lo que cuesta tanto eliminar. Para llegar a las cosas mismas. Y al final siempre nos conduce al mismo lugar.

Soy la segunda ponente. La primera es una profesora de la Complutense. No la conozco. Es joven. Como yo. A mí sí me conocen. Sobre todo después del segundo libro. Un semestre con Noam Chomsky. Y después de lo de Chomsky. Fue en cuarto de carrera. Me concedieron una beca para el MIT. La mitad de ese curso lo pasé en Massachusetts. Con Chomsky. Y con la Filosofía del Lenguaje. Y después con la política. Y el activismo. Y el anarquismo. Y las publicaciones internacionales. Leí a Chomsky por primera vez a los diecinueve. El miedo a la democracia. Y después vinieron todos los demás. Y los de Filosofía del Lenguaje. Y los de su gramática transformacional. Y sus teorías innatistas. Y sus enfrentamientos con Skinner. Y con el conductismo en general.

Para eso era la beca. No me interesaba especialmente la Filosofía del Lenguaje. Entonces. Ahora sí. Solo quería conocer a Chomsky. Y asistir a sus seminarios. Y escucharle hablar de terrorismo de Estado. Y de los crímenes de Occidente en América Latina. Y en África. Y en Asia. Pero eso solo fue en privado. Me concedió varias entrevistas. Le dije que cuando acabara mi trabajo en el MIT escribiría un libro sobre él. Sobre el tiempo que le conocí personalmente. Sobre lo mucho que había aprendido. Sobre lo mucho que le admiraba. Y eso hice. Fue mi segundo libro. Casi un diario. Una alumna privilegiada de cuarto curso de Filosofía contaba su experiencia junto al lingüista-filósofo-intelectual-activista-profesor Chomsky. Tuvo más éxito que el primero. Mucho más. Ocho ediciones. Traducido a quince idiomas. Mucha pasta. Aunque no lo escribí por eso. Ni por la fama. Pero ahora todos me conocen. Todos los de Filosofía. Y los intelectuales. Los de izquierda. Y los otros también. Antes del libro no. Solo era una doctora más en Filosofía. Más joven de lo habitual. Pero nada más. En mi primer congreso como ponente no me conocía nadie. Acababan de aprobar mi tesis. Había publicado mi primer libro. Pero tampoco lo conocían. Sobre la Escuela de Frankfurt y más filosofía de la sospecha. Lo que había estado preparando para la tesis. Ese primer congreso era sobre Filosofía Analítica. Mi ponencia iba sobre los juegos del lenguaje. El segundo Wittgenstein que tanto había estudiado unos años atrás con Chomsky en sus seminarios. Una de las profesoras ponentes habla conmigo y con otros colegas. De lógica de predicados. Y de su estructura compleja. Y de lo diferente que es de la lógica proposicional que se enseña  comúnmente en los institutos de secundaria. Y entonces empezó a regodearse de su formación en la Universidad de Salamanca. Y a hablar de su prestigio en la enseñanza de la Filosofía. Y de la lógica. Y de su tradición. Y de su trayectoria histórica como institución. Y empezó a caerme mal. Por su arrogancia. Y por su despotismo burgués. Y por su condescendencia con los demás. Como si no pudiéramos seguir sus argumentos. Porque no estamos licenciados en Filosofía por la Universidad de Salamanca. Y entonces se dirige a mí. Y me pregunta dónde he estudiado. Y cuál es mi formación en Filosofía Analítica y del Lenguaje. En un intento por ridiculizar mi respuesta, supongo. Sabe que no he estudiado en Salamanca. Y entonces le digo que he aprendido del mejor. Y que he sido alumna de Chomsky. Y que justamente en pocos días se publica mi libro sobre mi estancia en el MIT. Y entonces la cara de la doctora en Filosofía por la Universidad de Salamanca es como una recompensa por todos los insultos de la infancia. Y por las burlas en el colegio. Y por las risas de mis compañeros. Y  por los complejos en el instituto. Y por las veces que me dijeron que la Filosofía no sirve para nada. Ni da dinero. Y es como si me hubiese curado de todo eso de repente. Como si ahora ya pudiera creerme que estoy doctorada en Filosofía con veintisiete años. Y que he escrito dos libros. Y que he publicado multitud de trabajos y artículos en revistas de prestigio. Y que tengo once matrículas de honor en mi expediente académico. Y que doy clases en la Universidad. Aunque  no sea la de Salamanca.

Empiezo mi ponencia. En la Universidad de Salamanca. No está la profesora de la otra vez. La de mi primera ponencia. Han pasado varios años. Y más libros publicados. Y más artículos. Y colaboraciones. Y entrevistas. Y la plaza como profesora titular en la Universidad. Hablo de la Escuela de Frankfurt. De Marcuse, sobre todo. De la Filosofía Crítica en general. De su importancia en nuestro mundo actual. Del segundo Heidegger. Del estructuralismo. Del postestructuralismo. De todos los que cuestionan la imposición occidental. Mi tema. El de siempre. El que quise abordar en la tesis doctoral. Mi profesor de Filosofía del instituto me dijo que concretara más. Que las claves que yo proponía para entender la deshumanización a la que  nos enfrentamos se remontaba muy atrás. Al Renacimiento, le expliqué. Con la nueva concepción del dominio del hombre sobre la naturaleza. Y a partir de ahí no hubo marcha atrás. Experimentación. Revolución Científica. Progreso. Ilustración. Positivismo. Tecnología. Capitalismo. Poder. Sin más. Demasiado, me dijo mi profesor. Y que nunca me aprobarían una tesis así. Demasiados nombres. Y demasiados acontecimientos. Y demasiados períodos históricos. Y filosóficos. Demasiado. Me dijo que me centrara en algo concreto. En un pensador. En una corriente. Y que lo otro podría escribirlo en artículos. Lo del Renacimiento. Y en libros. Y en trabajos. Pero  no para la tesis. Eso hice. Marcuse y la Filosofía Crítica. Y lo demás lo escribí en otros sitios. Lo del Renacimiento y su trascendental cambio de paradigma. Y que es ahí donde se gesta nuestro mundo actual. Nuestra desconexión con lo que somos. Nuestra visión de la realidad. Donde la razón se vuelve instrumental. Y no después de la Ilustración. Como dice la Escuela de Frankfurt. Muchos dicen que el Renacimiento está demasiado atrás. También lo dijeron de Chomsky. Cuando afirmó que la Guerra Fría no empieza en el cuarenta y cinco. Fue en 1917. Con la Revolución bolchevique. También dijeron que era demasiado atrás. Pero no lo es. Siempre se puede ir más atrás.

Termina la ponencia. Me hacen preguntas. Sobre la Filosofía. Sobre su labor. Sobre cómo puede cambiar el mundo. No puede, les digo. No sola, al menos. Pero sí ayuda. Y por eso es importante. Y porque es inherente a nosotros. No la académica. No la que se enseña. Y la que aprendemos. Eso viene después. Es la otra. La que nos pertenece. La que nos hace cuestionarnos el mundo. La que nos permite asombrarnos, todavía. Y maravillarnos. La que nos deja conocernos. La de las infinitas preguntas. Y las muy pocas respuestas. La de la toma de consciencia. La de la concepción del mundo. Una entre muchas. Esa es la que importa. La que sí podría cambiar el mundo.

También me preguntan por Chomsky. Siempre lo hacen desde el libro. A algunos académicos parece molestarles. Lo de mi fama por Chomsky. No les entusiasman sus teorías sobre el lenguaje. Ni la controversia que crea por su defensa del innatismo. Pero saben que es importante. De los más importantes. O el más importante de los intelectuales del momento. No soportan que alguien tan joven haya trabajado estrechamente con él. Y que sigamos en contacto. Y colaborando en algunos trabajos. Porque en toda su larga carrera no han conseguido nada igual. Y algunos cuestionan mi trabajo. Aunque sea brillante. Es brillante. Pero lo juzgan igual. Y querrían ser como yo. Aunque no les guste Chomsky.

El congreso ha terminado. La próxima semana vuelvo a viajar. Presento mi último libro. Pensamiento y lenguaje. Los títulos nunca se me han dado bien. La edición en inglés lo ha cambiado, creo. Es algo así como The limits of philosophy and its languages. Para concretar más. O dar más pistas. Es un compendio de mis últimos trabajos con Chomsky. El prólogo es suyo. El poder del lenguaje y su modo de condicionar el pensamiento. De eso va el libro. Y la investigación que hay detrás. Y las teorías expuestas. Se presenta primero en mi facultad. Después Madrid. Y Barcelona. Y Oviedo. Y Valencia. Y Bilbao. Ahora vuelvo al hotel. Aún sigo abrumada. Por lo de hoy. Por lo de los próximos días. Por el éxito internacional de mi trabajo. Por el reconocimiento de Chomsky. Me tumbo en la cama. Y pienso. En todo. Y recuerdo. También todo. Cuando era pequeña. Cuando mi padre desaparecía. Alcohol. Y otras drogas. A veces no le veía en varias semanas. Y recuerdo cuando mi madre me ponía pañales con seis años. Todavía. Y luego yo me los quitaba en medio de la noche. Porque creía que me podían ver. Todos los que no sabían que me meaba en la cama. Y habría más risas. Y más burlas. Y mi hermano. Y su silencio. No empezó a hablar hasta los cuatro años. Y mi hermana. Cuando nació. Y ya no dolía tanto que mi padre no estuviera. Porque estaba ella. Y la cuidaba. Y dormía con ella. Y salvó muchas cosas de mi infancia. Y mis otros hermanos. Y sus peleas constantes. Y mis ganas de salir de allí. Y la facultad. Y el primer curso. Y mi padre. Que ya estaba en casa. Y el segundo curso. Y el tercero. Y mi madre llorando cuando me concedieron la beca para el MIT. Y me dijo que hiciera todo lo que ella no había podido. Lo que no le habían permitido. Y eso hice. Y el día de la tesis. Y  mi madre llorando. Otra vez. Y el primer libro. Mi padre lo llevó al trabajo. Para enseñarlo. Y mis amigos del barrio. Y del instituto. Que siguen siendo los únicos amigos. Los de verdad. Y los novios que tuve. Y los que no tuve. Siempre había otra mejor que yo. Y ahora ya no importa. Ya no duele. Y los hijos que quería tener. Y lo que quería enseñarles. Y transmitirles. Pero aún no. Y las heridas. Las que se curaron. Y las que todavía no sanan. Pero ya no duelen tanto. Y esta habitación. En Salamanca. Después de otra ponencia. Y yo misma. Tumbada en la cama. Leyendo a Dylan Thomas. Y ya no duelen las burlas. Las de la infancia. Y las que vinieron después. Ni los complejos. Ya no hay. Ni las miradas. La del otro. La que hace daño. Pero ya no. Poesía. Solo eso. Palabras adecuadas. Para cada momento. Para mí. Para ahora.

Y ya la muerte no tendrá dominio.

Los desnudos muertos serán uno solo

Con el hombre al viento y la luna del Oeste;

Cuando los huesos estén mondos y los huesos mondos desaparezcan

Tendrán estrellas al alcance de pies y manos;

Aunque se vuelvan locos, estarán cuerdos,

Aunque se hundan en el mar, surgirán de nuevo,

Aunque los amantes se pierdan, el amor, no;

Y ya la muerte no tendrá dominio”…

 

Patricia Terino
Patricia Terino
Soy Patricia Terino, licenciada en filosofía, profesora y escritora. En este sitio encontrarás todos mis trabajos en el ámbito de la literatura, la filosofía y la crítica social, con el fin de despertar tu interés por el análisis y la reflexión sobre la realidad.

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