Cuando ya no estabas

Madrid. Una de la tarde. Acabo de llegar. Ya he venido otras veces, pero solo de paso. Manifestaciones y concentraciones políticas. Y otras veces como enlace para ir a otra parte. Como hace unos años con el Foro Social Europeo. París. Un viaje interminable en autobús que no volveré a repetir. El autobús, no la ciudad de París. Me quedaron muchas cosas por ver y muchos museos por visitar. Salí de Madrid a las cinco de la tarde de un día que ya no recuerdo. Solo que era noviembre, y que tenía veintitrés años, y que me había comprado mi primer plumífero para ese viaje. Nunca había tenido uno porque no hace falta abrigarse tanto en el sur. Aún lo tengo, después de quince años. Es el plumífero de París. Para cuando vaya a algún lugar frío de nuevo. Cuando hace frío. Llegué a París veintisiete horas después de subirme a aquel autobús en Madrid, drogada de Biodramina. Por los mareos y la fatiga. Me pasa con cualquier medio de transporte. Desde que recuerdo. Cuando era pequeña mi padre siempre tenía que parar el coche para que yo vomitara. Cuando íbamos a la playa en un viaje que se hacía eterno. Y en las excursiones del colegio también. Solo que el autobús no paraba. Y vomitaba dentro. Y se hacía un círculo a mi alrededor. Y todos los niños gritaban. Y entonces el maestro llenaba el suelo de serrín. Esas bolsas de serrín que había en los colegios. Para los vómitos. O para el agua derramada cuando usábamos las acuarelas. O para cualquier otro líquido en el suelo. Siempre serrín. Y después se secaba y se formaba esa pasta asquerosa de tierra y vómito que alguien limpiaría, supongo. Porque al día siguiente ya no estaba. Y en el autobús también llevaban serrín. El de las excursiones. Y después del serrín, ya nadie se sentaba conmigo el resto del viaje. Solo vomitaba yo. A ninguno más le entraba siquiera fatiga durante el trayecto. A veces me daban una bolsa de plástico. Y después de eso tampoco se sentaban conmigo.

Esta vez no ha habido vómitos ni fatiga. En el viaje a Madrid. Biodramina con cafeína. Para no dormirme ni atontarme. Estoy sola. Nunca había ido a ninguna parte completamente sola. Me quedo dos días. Insuficiente para visitar todos los lugares emblemáticos de esta ciudad, y los museos, y las librerías. Pero no he venido para eso. Silvia Federici. Vengo por ella. Da una conferencia sobre la violencia explícita y velada a la que el sistema capitalista somete a las mujeres. La cito en todos mis trabajos. A Silvia Federici. Desde que leí su Calibán y la bruja. Y después de leerlo pensé que debería ser un libro de texto de Historia en el instituto. De Historia de verdad, como El miedo a la democracia de Chomsky, y no esas porquerías que nos mandan las editoriales. Asépticos, sin entusiasmo, sin vida, solo fechas y enumeraciones de acontecimientos, y sobre todo, sin contarlo todo. Todo lo importante. Hace dos años la directora de mi instituto me dijo que tenía que impartir unas horas de Historia contemporánea. No completaba el horario solo con las de Filosofía. Por todo eso de los recortes y de la desaparición paulatina de esta materia que hace de los alumnos auténticos ciudadanos críticos. Y posibles disidentes que desafíen al orden establecido. Y cada vez tenemos menos horas. Los de Filosofía. Y nos mandan dar otras materias. Me tocó Historia. Y tuve que tirar de Silvia Federici. Y de Chomsky. Porque en los libros que me dieron no se hablaba de los motivos por los cuales el capitalismo resultó ser el mejor aliado del sistema patriarcal y de su permanencia hasta nuestros días. Ni mostraban los documentos firmados conjuntamente por Roosevelt y Hitler en los negocios e intereses comerciales que compartían. Entonces no importaba el genocidio, ni la represión. Porque ganaban dinero juntos. Esos libros tampoco hablaban de las condiciones abusivas bajo las que trabajan el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, creados después de la Guerra. Ni de las consecuencias de los acuerdos de libre comercio y la deslocalización a la que conduce. Ni de la homogeneización ideológica y cultural a la que nos lleva la globalización. Eso se cuenta en Filosofía y en sus materias anexas. Y por eso la eliminan del sistema educativo. Pero todavía me quedan unos días de vacaciones. Y ahora estoy en Madrid.

Llego al centro cultural donde se celebra la conferencia. Lo he hecho sin perderme, con un plano de la ciudad que me han dado en la estación. Nadie lleva mapas en esta ciudad llena de turistas. Pero no tengo móvil con internet, ni GPS. Solo el plano que me han dado en la estación. No se me dan bien los planos. Ni los mapas. Recuerdo que ese fue mi primer suspenso. Un examen de mapas. Físico. Cordilleras, mesetas, ríos, afluentes. Definitivamente suspenso. Los políticos se me daban algo mejor. Estaba en cuarto de E.G.B. Y llegué llorando a casa porque nunca había suspendido nada. Y mi madre dijo que no tenía importancia. Y no la tenía. Aunque me llevó mucho tiempo entender por qué.

La sala está cerrada. La de la conferencia. No hay nadie por allí. Solo el cartel en la puerta, con la foto de Silvia Federici y la hora de su intervención. Es temprano aún, así que me voy de visita por Madrid. Por primera vez. La Puerta del Sol. La Gran Vía. La Plaza Mayor. Lavapiés. El Congreso. Cibeles. La Puerta de Alcalá. El Retiro. Me reservo el Prado y el Reina Sofía para mañana. Y todo lo demás, para otra ocasión. Y después de eso, sigo andando. Y miro el mapa y veo que aún no me he perdido. Y sonrío. Y después empiezo a reírme. Y a reírme más aún, como una desequilibrada, sola, por las calles de Madrid. Porque he venido sola a pesar de que nadie podía acompañarme. O no les apetecía acompañarme. Ni siquiera me apetecía a mí misma. Después de la separación, y de este verano insólito, y de estos papeles que he firmado antes de subirme al tren. Divorcio. Ya está. Ha acabado. Es definitivo. Pero cuando supe que Silvia Federici daba una conferencia en Madrid, quise venir. Y después ya no quería. O no me atrevía. Aunque compré los billetes igualmente. Y ahora me río como una desequilibrada feliz por las calles de Madrid. Porque de repente es como si el mapa y la vida fueran la misma cosa. Y no me he perdido. O tal vez sí, pero de otra manera. Felizmente perdida.

Patricia Terino
Patricia Terino
Soy Patricia Terino, licenciada en filosofía, profesora y escritora. En este sitio encontrarás todos mis trabajos en el ámbito de la literatura, la filosofía y la crítica social, con el fin de despertar tu interés por el análisis y la reflexión sobre la realidad.

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