La mirada que nunca fue

Estoy en casa de mi abuela. No me gusta mi abuela. Esa abuela. Ni mi tía. Vive con ella. Hay algo en su mirada. En la de las dos. Algo siniestro. Y sucio. Y doloroso. Me asusta. Y su voz. La de mi abuela. Y la de mi tía. Grave. Y sin vida. La vida de verdad. La del entusiasmo. Y la pasión. Y la alegría. Y la felicidad. No hay felicidad en su voz. Nunca. Ni en su semblante. Con sus ojos abiertos. Muy abiertos. Pero vacíos. Sin vida, otra vez. Esa vida de las cosas buenas. De la gente buena. Están llenos de amargura. Y de odio. Esa es su fuerza. La que nunca se acaba. La que no se consume. La que no la consume. La que hace daño. La que la mantiene con vida. Con su vida sin vida.

Nunca la he visto conmoverse por nada. Ni por nadie. A mi abuela. Esa abuela. Llorar sí. Cuando mi tía murió. Y cuando la recuerda. De pena. Como todas las madres. Las que sobreviven a sus hijos. Pero nunca de alegría. O de tristeza. De la tristeza buena. Cuando es necesaria. Cuando nos descubre lo que somos. Y entonces nos conmueve. Ella no. Sus ojos no brillan con la puesta de sol. Ni con su canción favorita. No tiene canción favorita. Ni con un regalo inesperado. Ni con un dibujo de sus nietos. Nunca hubo dibujos de sus nietos. Nunca hicimos dibujos para ella. Ni mis hermanos ni yo. Ni al pedir perdón. Cuando es de verdad. Tampoco lo hizo nunca. Solo daño. A mí. A mi madre. A todos. Todo lo que le hicieron a ella. Gente que no conocí. Ni mi madre. Ni ninguno de nosotros. Pero nos lo hizo igual. Con sus ojos. Con su mirada. Con sus palabras. Con su rostro sin vida. O lleno de vida, tal vez. Pero de otra manera. La que no quiere nadie. La de la desconfianza. La del rencor. La de la maldad.

Estoy en su casa. La de mi abuela. Esa abuela. Sentada en una silla. No me deja levantarme. Ni jugar. Podría romper algo, dice. De la vitrina de cristal, tal vez. Llena de fotografías. Con sus marcos de fotografías. Hay muchos. No los he contado. Aún no sé contar. Y cuando supe contar tampoco los conté. Salía mucha gente. En las fotografías. Hay muchos que no conozco. A otros los conocí después. Familiares y amigos de familiares. Nunca los veo. Solo en esas fotografías. Yo estoy en muchas de ellas. No puedo reconocerme, aún. Demasiado pequeña. Mi abuela dice que soy yo. En algunas salgo con ella. Su cara me da miedo. También en las fotos.

Suena el timbre. Es mi madre. Llevo dos días sin verla. No recuerdo por qué. Solo la angustia de no verla. Corro para abrazarla. Trae a un bebé en brazos. Dice que es mi hermano. Recuerdo que quiero salir de allí. De esa casa oscura. Las persianas siempre están echadas. Y en silencio. Solo silencio. En mi casa no hay silencio. Mi madre siempre canta. Mientras juego. Mientras me da de comer. Mientras duermo. No me gusta el silencio. Ese silencio. El de la casa de mi abuela. Allí no escucho cantar a mi madre. Quiero volver a casa. Con mis juguetes. Con mi madre. Sin la mirada de mi abuela. De esa abuela. Y sin bebé.Es lo primero que recuerdo. De todo. De siempre. Ese momento. Esa sensación. La silla. El silencio. Las fotos de la vitrina de cristal. Los ojos de mi abuela. De esa abuela. El miedo. La ausencia de mi madre. Y mi hermano recién nacido. Tenía dos años, cinco meses y catorce días. Y después hubo más recuerdos. Muchos buenos. Y bonitos. Y felices. Y muchos otros no. El primero de ellos marcó todo lo demás, supongo. Sin saberlo. Sin recordarlo. Solo estando ahí. Lo que hago. Lo que siento. Lo que soy. O tal vez no.

Invertir la mirada. De eso se trata. O construir otra diferente. La de mi abuela. La de mi madre. La de ese primer recuerdo. Para que sea distinto al final. Para que no condicione todo lo demás. Todos los demás recuerdos. Todas las demás miradas. Y entonces los ojos de mi abuela ya no dan miedo. Ahora son otros. Sin rencor. Sin maldad. Sin vacío. Porque su vida es distinta. Y la de mi padre. Y la de mi madre. Y la mía. Ya no tuvo que cuidar de sus hermanas cuando era una niña. Mi abuela. Porque su madre sigue viva. Y sigue cuidándola. A mi abuela. Y a sus hermanas. Y ya no trabaja en esa fábrica de aceitunas siendo una niña. Va al colegio. Y sabe leer. Y escribir. Y multiplicar. Y sigue estudiando. Y aprende mecanografía. Como todas las niñas que podían aprender mecanografía en aquel tiempo. Tan lejano ya. Y empieza a trabajar como ayudante de un abogado en la ciudad. Y se traslada a la ciudad. Y es feliz. A pesar de las penurias de aquel tiempo. Y se casa. O tal vez no. Pero tiene a sus hijos igual. A mi padre y a mi tía. Y sigue trabajando. Y estudiando. Y sonriendo. Y entonces mi padre no está solo. Tiene una madre feliz. Y un padre atento. Y cariñoso. Y conoce a mi madre. Y mi padre también es atento. Y cariñoso. Y responsable. Y feliz. Porque sus padres se lo enseñaron. Y mis padres me lo enseñaron a mí. Y mi madre tampoco está sola. En noches interminables. Esperando sin más. Sin sentido. Sin esperanza. Sin amor. Mi padre está con ella. Y  ella con él. Y los dos conmigo. Sin llantos. Sin insultos. Sin ausencias prolongadas. Sin pesar. Solo mi madre. Y mi padre. Y yo.

Y entonces estoy en casa de mi abuela. Me gusta mi abuela. Ya no trabaja como secretaria. Ahora está en casa. Conmigo. Jugando. Y después me lee un cuento. Y me canta canciones. Y me aprendo las canciones que ella canta. Y me lleva al parque. Y me sube a los columpios. Y me sonríe. Y me gustan sus ojos. Y su mirada. Y volvemos a su casa. Y me baña. Y me canta otra vez. Y me da la comida. Me gusta la comida de mi abuela. Y duerme conmigo. Y no tengo miedo.

Suena el tiembre. Es mi madre. Lleva en brazos a un bebé. Es mi hermano. Tengo ganas de verlo. De conocerlo. Mi madre se agacha. Me lo enseña. Me deja que le dé un beso. Le cuento a mi madre todo lo que he hecho con mi abuela. Han pasado dos días. Mi madre me abraza. Y me coge en brazos. Y nos volvemos a casa. Mi madre. Mi padre. Mi hermano. Y yo con ellos. Le canto a mi hermano las canciones de mi abuela. Y las de mi madre. Mi padres se ríen. Recuerdo esa sonrisa. Y ese día. Y esa mirada que nunca fue. Solo la invierto. Para que no duela tanto. No es real. O tal vez sí. Pero de otra manera. Por lo que sabemos. Y lo que aprendemos. Y lo que hacemos. Y por la mirada. La que es de verdad. Y la que queremos. Y la que imaginamos. La que no ocurrió. Y sin embargo, también es verdad. Porque la creamos nosotros. Porque es parte de nosotros. Porque es mía. Y de mi madre. Y de mi padre. Lo que ellos querían. Lo que quería yo. Lo que quiso mi abuela. Esa abuela.

 

Patricia Terino
Patricia Terino
Soy Patricia Terino, licenciada en filosofía, profesora y escritora. En este sitio encontrarás todos mis trabajos en el ámbito de la literatura, la filosofía y la crítica social, con el fin de despertar tu interés por el análisis y la reflexión sobre la realidad.

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